
Llueve, hijo mío..
las paredes muerden tu ausencia
y un silencio gris destila lágrimas
en la entraña deslucida de esta vieja casa.
Crepita en las rendijas del tiempo
una voz demandando tu regreso
y mi boca es lamento que injuria el vacío de las horas.
Llueve y el viento escapa de mi sombra
por temor al invierno que aumenta
la orfandad de mi vientre lacerado.
Llueve, hijo mío
y la lluvia carcome la tierra de mis manos
intentando liberar las caricias postergadas.
El amanecer burla mi ventana
y sólo la noche es capaz de albergar la tristeza
de una muerte que aún asecha los pechos
y la carne.
Llueve, hijo mío..
siempre llueve.