viernes, 14 de marzo de 2008

Ella era extraña...ausencia de miedos, mariposa de alas libres



Sentido de su ausencia
(Alejandra Pizarnik)

Si yo me atrevo
a mirar y decir
es por su sombra
unida tan suave
a mi nombre
allá lejos
en la lluvia
en mi memoria
por su rostro
que ardiendo en mi poema
dispersa hermosamente
un perfume
a amado rostro desaparecido
--

Ella se miraba antojadizamente siempre las rodillas, escudriñando cicatrices que dejó una niñez feliz. Buscaba geografías transitadas en cada pliegue de su piel, logrando estremecer el tiempo ido, regalándole horas rejuvenecedoras.
Trepaba, por hilos de ternura, alcanzando la luna menguante de mi corazón ceñido por evocaciones nostálgicas, hasta revertir su noche y construir constelaciones renovadoras.
Todo un movimiento telúrico cimbraba sus caderas, sin perder cierto grado de ingenuidad que la hacía más sensual aún. Era una mezcla perfecta de niña y mujer, de locura y cordura, de pasión y medida, como un brindis esperado y deseado por la naturaleza toda.
Caminaba segura de su paso, como si supiera que la tierra la imitaba y concertaba su rotación según el ritmo de su marcha.
Dibujaba caracolas sobre el asfalto y entre sus dedos, el sol se derramaba en arena tibia sobre el mar de pupilas del cemento, otrora esquivo de aguas.
Trenzaba la sonrisa de los niños, convirtiéndola en guirnaldas que, sin más, colgaba en las sombras de mi pena y hacía una fiesta invitando a la locura a nuestra mesa de manteles de alba.
En fin, sabía que no era normal, pero precisaba de todo lo que la rodeara.
Fui feliz, inmensamente feliz, cuando ella me rescataba de mis tardes negras para volar a universos que protegía a los ojos del mundo.
Lo confieso, a veces tuve miedo, la gente me lo había advertido.
Era rara, aportaba desconcierto a todos, menos a mí, pero no fui capaz de comprender su tesis de felicidad.
Un martes, cuando el sol luchaba contra una tarde tornadiza, llegó a mí, llevaba café de almendras y galletas de trigo para compartir el silencio del crepúsculo. Me miró, bajé los ojos, abrí mi viejo libro y leí el adiós de las horas. Se detuvo por unos instantes, sacó algo de su bolsillo y lo puso bajo la almohada.
La vi alejarse junto con el sol, como si el atardecer se la tragara toda.
Me quedé encandilado por su ausencia. Pasadas unas horas, me recosté y descubrí un par de alas raídas por la incertidumbre.
Nunca más volví a verla. Jamás comprendí el por qué de mi temor.
Esta tarde vino a mí, cuando al abrir mi libro, escapó una mariposa que creía muerta, de entre sus páginas.
Es difícil explicarlo, sólo sé que lo viví.

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Estando a 19 de diciembre del 2007
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonito poder vivir el ver salir de un libro a una mariposa que se creía muerta y, volando por sus medios, verla llenar el espacio desplazándose y dirigiéndose a algún lugar donde vivirá su vida, dejándonos la alegría de saberla en aquella condición...


Rolando.

Pilar dijo...

Es bonito saber, Rolando, que hay tantas mariposas, que creíamos muertas, viviendo en nuestros libros. Es bonito saber que no son sólo sueños alados.

Un abrazo y gracias por ser testigo de un vuelo

Beatriz Lehmann dijo...

sólo decir que quede enredada en las palabras que describen perfecto... ayy, parece que he vivido.

Besos y abrazos

Pilar dijo...

Confieso que he vivido lo vivido, sólo eso.

Un abrazo